Elefante y rosa.

Cuando era niño no podría interesarme menos mi apariencia, pero esto no me eximía de hacer todo lo que estuviera a mi alcance para ser aceptado. El placer derivado de llenar la expectativa de los que admiraba estimulaba mi incipiente vanidad, mi orgullo, mi ego. Sin saberlo con la certeza de hoy, hice una fisura irreparable en la presa que resguardaba mi autoestima; como lo han de suponer la grieta creció y hay fugas y desbordes por donde sea. Supongo este relato no es único, hasta me atrevería a afirmar que es la historia universal que compartimos estemos dispuestos a aceptarla o no.

Hoy les quiero hablar un poco de dos aspectos que por sí solos no deberían de representar gran problemática sobre todo cuando son abordados de forma singular, sana y congruente; pero no es mi caso, a mi se me juntó el lavado con el planchado(otra vez).

El tiempo más que otra cosa se ha encargado de sofocar la ansiedad que deriva de tener una identidad sexual distinta a la heterosexual; múltiples insultos, incontables agresiones directas e indirectas de propios y extraños; así como el placentero ejercicio de mi sexualidad y otros factores benévolos, me han vacunado contra esta enfermedad social llamada homofobia. No quiero decir que soy inmune pero en este preciso flanco hoy ya tengo muy estudiada la estrategia de defensa. Otra cosa que adjudicar parcialmente al tiempo pero primordialmente a mi inestabilidad emocional es la obesidad. Intento evitar ser confuso, la obesidad también es una enfermedad generalmente curable que al igual que la homofobia tiene una repercusión negativa en el aspecto social y pueden potencialmente ser mortales. Sería hipócrita no admitir que de ambas he sido muy verdugo y suficiente víctima, es precisamente por esto que he forjado una opinión contundentemente pero no infalible.

Hoy por hoy no me inquieta tanto si es más evidente mi homosexualidad o mi gordura; claro está que no las estoy equiparando; pero es aquí en donde quiero aportar dos perspectivas. No es lo mismo ser heterosexual y gordo como tampoco ser homosexual y de cuerpo atlético o delgado; pero ambos están mucho más dentro del espectro de la aceptación social general que la combinación de gordo y gay. Una cosa es ser arquetípicamente el elefante imponente, macho alfa, verdadero rey de la selva con el que nadie se mete; otra cosa es ser rosa, evocar lo femenino, pulcritud, sensibilidad, gentileza y una muy distinta ser elefante rosa; eso que todos ven y evitan incómodamente.

Irónicamente en los últimos meses he estado en la misma habitación con amigos, familiares y conocidos que parecen no poder contenerse a opinar, mayoritariamente sin sutileza alguna, a pelo. Me preguntan que me pasó como si no lo estuvieran viendo, ¿qué respuesta debo dar?, -“no me pasa nada estás alucinando sigo siendo talla treinta, deberías de ir con el oftalmólogo”. Está el caso de la tía, el primo, pariente o compañera de generación o de oficina que pregunta por “la novia inexistente”, esa novia que nunca he tenido, que jamás llevé a las reuniones familiares, fiestas o pedas; y que hoy rayando en los treinta y tantos es absoluto que no habrá porque exudo homosexualidad desde que me conoces pero no te sientes cómodo con ello y te andas por las ramas como un chango cada vez que ves al elefante rosa(o sea yo). Pero la peor afrenta es la del gremio gay; los jotos somos implacables; -“¿qué te pasó puta, no que muy perra?”, “con razón no tienes bato”,”estás sola por gorda”, “si estuvieras más velludo igual y pasabas por oso”, ”bájale a los tacos morra”, “pues hay que darle al gym amigo no hay de otra”.

¿En qué momento disminuyó mi valía?, ¿a los cuántos kilos?, ¿después de cuántas reuniones sin llevar pareja?, ¿debo seguir intentando crecer la barba?, ¿cuántos años más viviendo “homosexualmente” vas a admitirme?, ¿porqué necesitas que te explique que engordé, que tengo sexo con hombres o ambas?. Aclaro, los homosexuales obesos tenemos vida sexual; todos tenemos por donde y con que(diría mi abuela).

La respuesta que más me ha ayudado a conciliar la realidad con la verdad de asumirme “elefante rosa” es la historia de otro paquidermo. Hay una anécdota de Jorge Bucay que tal vez ya conozcan; acerca de un elefante de circo enorme que está sujeto de una pata con una pesada cadena anclada a una minúscula estaca en el piso. No hace sentido que no se pueda liberar, ese palo enterrado no podría soportar la fuerza de tan majestuosa criatura. Bucay nos narra que cuando pequeño el animalito intentó miles de veces liberarse tirando la cadena sin éxito y aprendió que no le era posible; desde entonces se conformó con vivir así, sin escape, sin libertad, condicionado.

Tengo la convicción que los elefantes rosas pueden ser felices mientras no los paralicen los complejos y prejuicios; cuando decidan combatir las inseguridades propias y de los demás. Un elefante no necesita dejar de ser elefante o cambiar de color para ser feliz, pero aún cuando decidiera mutar a gacela azul o mariposa amarilla esto no importaría mientras se acepte a sí mismo, si eso le da serenidad, si eso lo vuelve pleno. Es a lo que aspiro. Es lo que te deseo.

Encontrémonos lejos del circo y fuera de la habitación.

#Gordatraicionera #Osofrustrado #Anchodecaderas #Flacodeclóset

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