Mamás de camioneta grande

 

 

 

Cuenta mi amiga que por estas fechas decembrinas sus parientes que radican en Canadá vienen de visita a México. Entre las variadas anécdotas que me compartió hay una que me desconcertó más que las otras. Particularmente el tío Tom es blanco-güerito-italiano y no domina el español al cien, sin embargo siempre está dispuesto a aprender algo nuevo de la cultura de su familia mexicana.

Un día mientras transitaban en horas pico por un bulevar de la ciudad, Tom no pudo contener su asombro y pensó en voz alta.- “debe de haber alguien muy importante en ese lugar, algún político o celebridad”. Lo anterior debido a la cantidad de camionetas de gran tamaño y diversidad de colores formadas en fila y en doble fila invadiendo carriles frente a un edificio. El tránsito se ralentizaba conforme se acercaban a la zona a pesar de la presencia de patrullas que intentaban minimizar la congestión. El comentario del tío Tom provocó risas involuntarias de ternura entre los presentes, pronto le aclararon que no se trataba de algún evento o persona importante; simplemente eran “Mamás de camioneta grande” recogiendo a sus hijos del colegio. Cuentan que el tío Tom inmediatamente y con asombro verificó en Google que la sede de la ONU no hubiera cambiado de Nueva York a Mexicali regresando con tal afirmación la calma; mi amiga asegura que desde entonces el tío ha vivido tratando de entender con mucho disimulo porque en un país con más de 50 millones de gente en pobreza extrema es imperante acudir en caravanas paramilitares por los niños a la escuela.

En el lapso de los 25 a los 30 años, en lo que yo aseguraba era mi círculo cercano inadvertidamente se desató un fenómeno social(aparentemente inevitable para esa edad); las personas a mi alrededor empezaron a comprometerse en matrimonio. Había anillos de compromiso de todo tipo aleaciones metálicas, quilates e historias de la entrega del mismo más románticas y ridículas que la anterior.

Al principio inferí que mi constante malestar respecto a todo lo relacionado con esa situación era producto de la envidia; en aquel entonces no era capaz de mantener una relación que durara más de 4 semanas y adicionalmente el matrimonio homosexual era predominantemente ilegal casi todas partes. Pronto pasaron meses y llegaron las bodas, todas una repetida variación de la otra en presupuesto, tradiciones hípsters incorporadas; como golpetear tambores salpicándose de pintura fluorescente, intentos de flashmobs protagonizadas por los novios al compás de sus supuestas canciones favoritas; pero más vergonzoso, lamentable y frecuente, era la inhabilidad de la pareja en cuestión de transmitir verdadera compatibilidad o compromiso(pero esa es otra historia). El caso es que mi malestar disminuyó y se volvió soportable entre más me exponía a estos eventos; inclusive me sorprendía a mi mismo participando de cursilerías sentimentaloides alrededor de la ceremonias; créanme, hay fotos(o en palabras de Katy Perry: “I got the receipts”).

La vida siguió su curso y con ella otra tendencia que se expandió de forma más virulenta que una bolsa Michael Kors(china o genuina, no hay diferencia); la fertilidad intencional se apoderó del colectivo. Lo que una década atrás representaba la peor pesadilla-trunca vidas(especialmente si eres mujer), hoy era poco menos que una bendición, claro bajo las apropiadas circunstancias de todo el numerito que ya les describí. Cada vez que alguna de mis compañeras y/o amistades hacía alusión a que “se dejó de cuidar” regresaban a mí las memorias donde ellas -también algunos de ellos- en mini vestidos, tacones, fumando y borrachas, bailaban sobre una barra, silla o mesa, manejaban intoxicadas de madrugada, o se iban con el tipo que les invitó las cubetas o botella en el antro; algunas hasta me llegaron a preguntar como se llamaba la pastilla del día siguiente para pedirla discretamente en la farmacia. Esas vivencias sí que eran “no cuidarse o dejarse de cuidar, o mínimo conatos de autodestrucción”, dejar de tomar anticonceptivos era la decisión más benigna que habían tomado en lustros; pero en el espíritu de ser empático y a sabiendas que en todas esas historias de desmanes e improperios participé por obra u omisión me reservé mis genuinos pensamientos y jugué mi rol del amigo feliz lo mejor que pude.

Una mañana fría, adornada con el olor del café recién hecho llegué a la oficina, encendí la computadora, ajusté el respaldo de mi silla y un toquido repetido en el hombro derecho me hizo voltear. Miriam(así la llamaremos) compañera de trabajo por lo últimos 6 años me anunció antes que a nadie(de ese turno) que ya se podía embarazar. Como buen hijo de mi madre y nieto de mi abuela, busqué dentro de la prudencia que me inculcaron el “felicidades” más convincente posible. Sin darme mucho espacio para procesar el momento, inmediatamente me aclaró que el papeleo estaba firmado y aprobado, que el color que le había gustado estaría disponible en 15 días más o menos, y que se sentía muy convencida que era la mejor opción de todas las que habían averiguado. Grité hacia adentro “Adopción”, ella está hablando de eso decía en mi mente. No me da vergüenza admitir que la mayoría de lo que sabía entonces acerca de las adopciones lo aprendí de Yuri, Susana Zabaleta, Madonna y Angelina Jolie en el mejor de los casos; pero tenía la certeza de que en ninguna parte del proceso los niños tenían fecha de entrega quincenal y menos que los podías escoger por colores. Otra cosa que no me hizo sentido es que Miriam dijo que se podía embarazar; así que directamente le contesté: No se de que hablas, ya me confundí, no me he terminado de despertar, deja me termino mi café, perdí la puta idea de lo que está pasando.

Con una mueca de condescencia y armada con su errónea concepción de lo que es la paciencia, me explicó que ya habían escogido ella y su marido “La camioneta”; que esto era lo que les faltaba para poder embarazarse: Pensé en su Jetta 2010 y en mi Passat 2005, traté de correlacionar la tasa de natalidad y la venta de autos sedán, camionetas y demás vehículos; obvio no me hizo sentido. Ignoraba que hay un acuerdo tácito entre los miembros de la siempre aspiracional clase media que consiste en que el primer paso importante para tener descendencia es comprar una camioneta 4×4 -si está blindada es un extra-; que no hay manera remotamente admisible de transportar un infante, su respectivo asiento para el coche, el carrito, pañalera y el porta bebé si no se hace en un vehículo para más de 5 pasajeros, todo terreno, de entre seis y ocho cilindros, y la máxima potencia en caballos de fuerza; obviamente equipada con lo último en artilugios para monitorear a tu bebé mientras babea con la cabeza ladeada amarrado detrás de ti al conducir.

Aunque no conozco al tío Tom de Canadá estoy convencido que ambos sabemos que es una disparidad y un absurdo comprar un automóvil exponencialmente enorme cuando vas a parir a un humano de cuatro kilos y 50 centímetros de largo aproximadamente. La última vez que lo consulté, los humanos no engendramos crías que al nacer son del tamaño de rinocerontes, hipopótamos, elefantes o jirafas(que por cierto todos estos ya nacen casi caminando, así que el medio de transporte va incluido). El argumento es la seguridad del bebé, el bienestar por sobre todas las cosas y entre esas cosas está intrínseco el deterioro del medio ambiente. Mientras tu bebé vaya muy seguro y cómodo en su camionetón de cientos de miles de pesos que importa que el agua que beba o el aire que respire y los alimentos que consuma en el futuro próximo sean tóxicos, estén contaminados y lo terminen matando de enfermedades colaterales con agonías prolongadas. Para entonces tal vez ya estés muerto y con suerte le hayas heredado una camioneta.

No hay nada que exprese de manera más tangible y magnánima que eres una madre y padre amoroso, responsable y respetable que una camioneta con la mayor desproporción entre el tamaño de esta y tú hijo. En tu conciencia tranquila de progenitor hiciste lo que te correspondía, considerando que en la actualidad todo niño necesita un búnker móvil para mantenerlo a salvo del exterior, de la inseguiridad y el corroído medio ambiente al que simultáneamente estás contribuyendo a perpertuar con esta práctica.

Nadie estamos exentos de cometer atrocidades en el nombre de lo que creemos es bueno; ya lo dice el dicho: “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”. Yo de niño tuve muchas comodidades, estuve colmado de regalos y cuidados; pero lo que siento que fue la clave de la protección en mi infancia, viendo hacia atrás lo que me mantuvo más seguro fue el criterio, sabiduría y sentido común de mi familia; eso nada aunque tenga todas las llantas del mundo podrá superarlo.

P.D.

De niño era muy bueno, ya de grande me volví un cabrón; pero esa es otra historia y no hay camionetas involucradas, pero asientos traseros de autos compactos sí.

 

NOTA AL MARGEN.

Agradezco que me quieras hacer participe de tu felicidad como padre o madre, de hecho me gusta cuando las personas llevan a cabo sus metas aunque estas involucren sobre poblar el planeta y acabar más aceleradamente con sus recursos. En este tenor debemos mantener presente que tu bebé es un foco de infección y contagio en potencia; no es muy inteligente hacer que todos los adultos y otros niños a tu alrededor lo carguen, manoseen y besen. Tampoco le pidas a tu hijos que me llamen tío; la familia extensa que ya les tocó tener es suficiente para complicarles la vida, la mayoría de mis amigos psicólogos no me dejan mentir.

De antemano gracias y ¡viva la familia!

Elefante y rosa.

Cuando era niño no podría interesarme menos mi apariencia, pero esto no me eximía de hacer todo lo que estuviera a mi alcance para ser aceptado. El placer derivado de llenar la expectativa de los que admiraba estimulaba mi incipiente vanidad, mi orgullo, mi ego. Sin saberlo con la certeza de hoy, hice una fisura irreparable en la presa que resguardaba mi autoestima; como lo han de suponer la grieta creció y hay fugas y desbordes por donde sea. Supongo este relato no es único, hasta me atrevería a afirmar que es la historia universal que compartimos estemos dispuestos a aceptarla o no.

Hoy les quiero hablar un poco de dos aspectos que por sí solos no deberían de representar gran problemática sobre todo cuando son abordados de forma singular, sana y congruente; pero no es mi caso, a mi se me juntó el lavado con el planchado(otra vez).

El tiempo más que otra cosa se ha encargado de sofocar la ansiedad que deriva de tener una identidad sexual distinta a la heterosexual; múltiples insultos, incontables agresiones directas e indirectas de propios y extraños; así como el placentero ejercicio de mi sexualidad y otros factores benévolos, me han vacunado contra esta enfermedad social llamada homofobia. No quiero decir que soy inmune pero en este preciso flanco hoy ya tengo muy estudiada la estrategia de defensa. Otra cosa que adjudicar parcialmente al tiempo pero primordialmente a mi inestabilidad emocional es la obesidad. Intento evitar ser confuso, la obesidad también es una enfermedad generalmente curable que al igual que la homofobia tiene una repercusión negativa en el aspecto social y pueden potencialmente ser mortales. Sería hipócrita no admitir que de ambas he sido muy verdugo y suficiente víctima, es precisamente por esto que he forjado una opinión contundentemente pero no infalible.

Hoy por hoy no me inquieta tanto si es más evidente mi homosexualidad o mi gordura; claro está que no las estoy equiparando; pero es aquí en donde quiero aportar dos perspectivas. No es lo mismo ser heterosexual y gordo como tampoco ser homosexual y de cuerpo atlético o delgado; pero ambos están mucho más dentro del espectro de la aceptación social general que la combinación de gordo y gay. Una cosa es ser arquetípicamente el elefante imponente, macho alfa, verdadero rey de la selva con el que nadie se mete; otra cosa es ser rosa, evocar lo femenino, pulcritud, sensibilidad, gentileza y una muy distinta ser elefante rosa; eso que todos ven y evitan incómodamente.

Irónicamente en los últimos meses he estado en la misma habitación con amigos, familiares y conocidos que parecen no poder contenerse a opinar, mayoritariamente sin sutileza alguna, a pelo. Me preguntan que me pasó como si no lo estuvieran viendo, ¿qué respuesta debo dar?, -“no me pasa nada estás alucinando sigo siendo talla treinta, deberías de ir con el oftalmólogo”. Está el caso de la tía, el primo, pariente o compañera de generación o de oficina que pregunta por “la novia inexistente”, esa novia que nunca he tenido, que jamás llevé a las reuniones familiares, fiestas o pedas; y que hoy rayando en los treinta y tantos es absoluto que no habrá porque exudo homosexualidad desde que me conoces pero no te sientes cómodo con ello y te andas por las ramas como un chango cada vez que ves al elefante rosa(o sea yo). Pero la peor afrenta es la del gremio gay; los jotos somos implacables; -“¿qué te pasó puta, no que muy perra?”, “con razón no tienes bato”,”estás sola por gorda”, “si estuvieras más velludo igual y pasabas por oso”, ”bájale a los tacos morra”, “pues hay que darle al gym amigo no hay de otra”.

¿En qué momento disminuyó mi valía?, ¿a los cuántos kilos?, ¿después de cuántas reuniones sin llevar pareja?, ¿debo seguir intentando crecer la barba?, ¿cuántos años más viviendo “homosexualmente” vas a admitirme?, ¿porqué necesitas que te explique que engordé, que tengo sexo con hombres o ambas?. Aclaro, los homosexuales obesos tenemos vida sexual; todos tenemos por donde y con que(diría mi abuela).

La respuesta que más me ha ayudado a conciliar la realidad con la verdad de asumirme “elefante rosa” es la historia de otro paquidermo. Hay una anécdota de Jorge Bucay que tal vez ya conozcan; acerca de un elefante de circo enorme que está sujeto de una pata con una pesada cadena anclada a una minúscula estaca en el piso. No hace sentido que no se pueda liberar, ese palo enterrado no podría soportar la fuerza de tan majestuosa criatura. Bucay nos narra que cuando pequeño el animalito intentó miles de veces liberarse tirando la cadena sin éxito y aprendió que no le era posible; desde entonces se conformó con vivir así, sin escape, sin libertad, condicionado.

Tengo la convicción que los elefantes rosas pueden ser felices mientras no los paralicen los complejos y prejuicios; cuando decidan combatir las inseguridades propias y de los demás. Un elefante no necesita dejar de ser elefante o cambiar de color para ser feliz, pero aún cuando decidiera mutar a gacela azul o mariposa amarilla esto no importaría mientras se acepte a sí mismo, si eso le da serenidad, si eso lo vuelve pleno. Es a lo que aspiro. Es lo que te deseo.

Encontrémonos lejos del circo y fuera de la habitación.

#Gordatraicionera #Osofrustrado #Anchodecaderas #Flacodeclóset

Cree activa-mente

“La verdadera mente creativa en cualquier rubro no es otra cosa más que esto: una criatura humana nacida anormalmente, inhumanamente sensible. Para ella un toque es un golpe, el sonido es ruido, una desventura es una tragedia, una alegría un éxtasis, un amigo es un amante, un amante es un dios, y el fracaso es la muerte. Añádele a este cruelmente delicado organismo la sobrecogedora necesidad de crear, crear, crear; así que sin la creación de música o poesía o edificios o algo con significado, se le despoja de su propio aliento. Ella debe crear, debe desbordar creación. Por alguna extraña, desconocida e inherente urgencia, ella no está verdaderamente viva a menos que esté creando.”
― Pearl S. Buck